Stephen Glass: vamos a contar mentiras…

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El popular Stephen Glass

El popular Stephen Glass

Stephen Glass debió pensar que la responsabilidad periodística no es relevante. Durante el tiempo que trabajó para The New Republic se inventó 27 de los 41 artículos que publicó. Al menos, la lealtad al ciudadano le importó bien poco porque no cumplió con el criterio de veracidad informativa.

Aunque hay que reconocer que, para ser un mentiroso compulsivo, se lo montaba bastante bien. Tal y como hemos visionado en el film “El precio de la verdad“, de Bill Ray, cada vez que presentaba un tema en la mesa de redacción llevaba su libreta con las notas que había tomado entrevistando a la supuesta fuente. Porque sí, se inventaba hasta sus propios contactos y los presentaba como auténticos. Decía que la grandeza del periodismo radicaba en descubrir el comportamiento de las personas; averiguaba sus “supuestas” motivaciones, sus miedos. Incluso, en un momento de la película afirma: “esta clase de artículos también pueden ganar premios Pulitzer“.  Esta frase es quizás la única verdad que Glass haya dicho nunca, y si no que se lo digan a Janet Cooke; famosa redactora del Washington Post que se vio obligada a devolver el premio tras conocerse la invención de su historia, un niño de tres años que era adicto a la heroína. Como es lógico, ella misma presentó su dimisión.

Janet Cooke

Janet Cooke, la periodista devolvió su Pulitzer tras el escándalo

Sin embargo, a nuestro protagonista no le dio tiempo ni a presentar su artículo para el premio, su castillo de naipes se derrumbó antes de lo que nunca se imaginó. La publicación del artículo “Hack Heaven” abrió el camino para descubrir la verdad y el periodista de Forbes Digital, Adam Penenberg, empezó a indagar sobre la credibilidad del texto hasta descubrir que casi todo lo que se contaba era falso.

Y he aquí el principal puñal que la realidad clava en pleno corazón del periodismo, la ética, porque en una profesión tan competitiva es difícil separar los egos personales en favor de la filosofía que se defiende en las facultades. Stephen Glass era uno de esos periodistas que se miraba el ombligo en cada fábula que escribía. Fantaseaba con ser un periodista de renombre, importante y admirado tanto por sus propios compañeros como por el ciudadano de a pie. Nunca imaginó las consecuencias que sus despiadadas mentiras estaban reservándole hasta que se topó de frente con ellas.

El principal problema que se encontraron los directores de The New Republic, y que Glass abusó sin piedad, es que no podían contrastar las fuentes de éste, sólo disponían de las notas que él presentaba como verídicas, como reales, y tenían que creer en su ética periodística. Primer error de bulto: un director no puede confiar en las anotaciones de su redactor exclusivamente si hay evidencias de que ha mentido. Debe haber alguna prueba fidedigna – una fotografía del personaje, una grabación, un acompañante…. – para esa confianza. Porque sin rigor informativo esos reportajes carecen de ningún valor social.

Este escenario dibuja una silueta terrorífica en el imaginario colectivo de la ciudadanía, acostumbrada a que la influencia de los medios estructure sus pensamientos y su ideario de vida.

El segundo error garrafal es utilizar tu cargo en la redacción para hacer lo que a uno le venga en gana, y en eso Glass era un experto porque, como redactor adjunto, se encargaba de la corrección de los artículos de sus compañeros y no le temblaba el pulso a la hora de contrastarles los datos y observar el manejo de sus fuentes. Resulta paradójico que uno de los principales supervisores del semanario, el mismo que modificaba los párrafos de los demás para que se ajustaran a la máxima veracidad, violara indiscriminadamente el principal valor informativo.

Hayden Christensen

Hayden Christensen encarna a Stephen Glass en “El precio de la verdad”

Para mal del “fabulador en serie”, sus fechorías sirvieron para que la nación estadounidense se preguntara sobre la veracidad en los medios de comunicación: ¿hasta qué punto les interesa ser objetivos a las grandes empresas del social media?, ¿qué intereses existen por en medio?, ¿trabajan coaccionados por fuerzas externas?…

Las respuestas han sido amplias y diversas y quizás algunas de las más sabias se encuentren tras los focos de la publicidad, principal cliente de los grandes medios y, sobretodo, de los medios tradicionales. En 1998, año en el que se destapó el fraude, los medios digitales tenían una escasa relevancia social, no estaban gobernados por grandes empresas, funcionaban de forma independiente y no dependían de los anunciantes. Todo esto permitía que el trabajo en la redacción se realizara de forma más libre y honesta, atendiendo a otra clase de principios y utilizando un enfoque más humano en la notica.

No osbtante, el reconocimiento no llegaría tras el escrito que Pennenberg publicó sobre los métodos de Glass “Lies, damn lies and fiction“, momento en el cual el formato web alcanzó una popularidad sin precedentes.

La batalla que Forbes declaró a The New Republic podría escenificar a la perfección  el estado de salud que define a los dos modelos periodísticos actuales y su evolución en estos años: Por una parte el tradicional, en plena decadencia y ante una falta clara de objetividad; y por la otra el digital, en plena ascendencia y mayor pluralidad gracias a la propagación de diferentes fuentes de opinión.

El trabajo de Penenberg y de todo su equipo desmonto, pieza por pieza, las teorías de Glass, expandió el modelo digital pero no consiguió limpiar los engranajes de una profesión que se estaba viendo salpicada peligrosamente por la corrupción informativa. La realidad es que cada año son más los reporteros y redactores que se saltan el código de buenas prácticas (31 casos en 2012) y malos ejemplos como los del New Republic se han vuelto a repetir (para el recuerdo quedan Karen Jeffrey, Jason Blair o Patricia Smith).  Al parecer, ni el avance de la tecnología, ni los férreos controles que se han ido implantando en el desarrollo de la era de la información y ni siquiera el protagonismo que se la ha dado al ciudadano respecto al medio impiden que cada día se cometa una irregularidad en el lenguaje periodístico.

Karen Jeffrey

Karen Jeffrey es el último ejemplo de fraude informativo

Estamos pues ante una época oscuca en la que la figura del reportero intrépido ha desaparecido y sólo quedan las huellas de un pasado mejor. El profesional, que ahora maneja más información que antaño y asume mayor carga de trabajo debido al aumento de la competencia, se guía por la línea de la inmediatez, descuidando las noticias haciendo gala del poco esfuerzo.

El problema del periodismo es que todos quieren escribir una bonita historia donde incluir su firma, pero nadie sabe salir a la calle a buscarla. Cuando eso pasa, sólo te queda hacer uso de tu imaginación.

Cinco puntos  a tener en cuenta:

  1. La legitimidad que tiene un artículo por aparecer, simplemente, en un medio de comunicación de gran importancia social
  2.  El perjuicio que supone para muchos profesionales que se dedican a la profesión casos como los que hemos comentado es profundo. Pese a su integridad,  su trabajo queda en entredicho socialmente.
  3. Los controles de calidad por los que pasa una noticia antes de su publicación no son lo suficientemente ferreos y no aportan rigor a la misma. Es necesario implantar nuevos mecanismos que solventen la situación de desamparo que está viviendo el periodismo en general y el ciudadano en particular
  4.  El individuo multitarea fomenta un periodismo descuidado. El periodista debe centrarse únicamente en la elaboración de noticias  y el cuidado de las mismas.
  5.  Nuevas leyes deben regir el periodismo. Es necesario introducir  prácticas para que estos fraudes informativos no queden impunes.
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